El sodio es el principal ion con carga positiva fuera de las células y el determinante principal de la osmolalidad sanguínea. Su concentración refleja el equilibrio entre el agua corporal y la sal más que el contenido total de sal, y está regida en gran medida por la sed, la hormona antidiurética y los riñones. Habla, por tanto, de la regulación del agua y de los sistemas suprarrenal y renal que la dirigen.
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El sodio elevado refleja con mayor frecuencia un déficit de agua —ingesta insuficiente de líquidos, fiebre, sudoración profusa, vómitos o diarrea, o diabetes insípida— más que un exceso de sal. El sodio disminuido acompaña con mayor frecuencia a la retención de agua: insuficiencia cardíaca, hepática o renal, secreción inadecuada de hormona antidiurética, insuficiencia suprarrenal y tratamiento con diuréticos. Los desplazamientos marcados en cualquiera de las dos direcciones afectan al cerebro y se vigilan de cerca. Un único resultado límite es motivo para repetir la prueba y hablar con un médico.
Unas cifras muy altas de grasas, proteínas o glucosa en sangre pueden disminuir de forma artefactual el valor medido, y extraer sangre de un brazo que recibe una infusión lo distorsiona gravemente. Los diuréticos, los inhibidores de la ECA y la desmopresina desplazan todos el resultado, al igual que los vómitos y la diarrea el día de la extracción. El sodio se interpreta junto con el potasio y el cloro, y junto a los marcadores renales y, cuando proceda, la osmolalidad sanguínea o urinaria.
Los rangos de referencia son valores generales para adultos y dependen del laboratorio, el método, la edad y el sexo. Son orientativos, no diagnósticos: comenta los resultados con tu médico.